Viviendo yo mismo en el destierro, cada día camino por las calles donde otros vivieron, sin dejar huella conocida. Con el paso del tiempo, sin embargo, descubro que mis pasos me conducen por las callejuelas de una ciudad invisible, cuyas luminosas avenidas componen una arquitectura celeste, la trama de una biblioteca cuyos infinitos estantes echan los cimientos de una ciudad ideal que habla de una vida que no me pertenece. Mi panadería está a medio camino de los últimos domicilios de Saint-Simon y Mercè Rodoreda. El azar me lleva una y otra vez hasta el domicilio de paso de don Antonio y Leonor. Subo, con frecuencia, por la calle que tantas veces tomaron don Pío, Jorge Guillén y Pedro Salinas; la misma calle del primer hotel de los hermanos Machado, a la vuelta de la esquina del primer domicilio de Ramón, tan próximo a los hoteles de Pla y Agustí Calvet.