La Alta California fue la provincia más distante y menos poblada de
Nueva España, una tierra hasta entonces poco conocida que sorprendió a
los soldados, frailes y colonos españoles. La costa había sido explorada
superficialmente en los siglos XVI y XVII, pero no fue hasta 1768 cuando
la Corona determinó su colonización. Los informes del embajador de
Carlos III advertían de que la llegada de los rusos a las costas californianas
podía ser inminente, de ahí que el rey ordenase el envío de la Santa
Expedición de Gaspar de Portolá y fray Junípero Serra, que inauguró la
presencia española en la región, consolidada unos años después merced a
la expedición de Juan Bautista de Anza. El gobierno de la Alta California
se reveló complejo, no solo por la distancia respecto de Ciudad de México
y por la rebelión de los yumas en 1781, sino sobre todo, por el escaso
número de pobladores y la gran diversidad de los habitantes nativos que
hablaban multitud de lenguas. La fundación española de California fue
fruto de una colonización ardua que se estructuró en torno a una red de
misiones, presidios y pueblos, muchos de los cuales conforman hoy las
principales ciudades estadounidenses y constituyen el legado español
sobre el que se asienta el moderno estado norteamericano.