AA.VV
Hace ya varias décadas que ‘El acorazado
Potemkin’ dejó de ocupar la cabeza de la
clasificación de las diez mejores películas de
la historia del cine, por lo menos en los referéndums periódicos de los historiadores y
críticos internacionales. Parece claro que no
es, ciertamente, la mejor película de todos los
tiempos, ni tampoco la mejor película muda
del cine –’Amanecer’, sin ir más lejos, la supera–, ni siquiera es la mejor película de
Sergei Eisenstein: ‘Octubre’ es más creativa,
‘Iván el Terrible’, más grandiosa. Pero sus
imágenes han quedado impresas en la memoria de todos cuantos la han visto, emblema
no tanto de una revolución estética, sino del
vértigo de la revolución soviética. El director
ruso, un auténtico genio creativo, inventó un
lenguaje artístico. En ‘Potemkin’ hay muchas
cosas que no existían hasta entonces: variedad de planos, travellings, múltiples lentes,
focos y ángulos, manejo del ritmo, repetición de imágenes como elemento recordatorio... Y sobre todo, con esta película nace el montaje. No la mera ligazón lineal de
imágenes o secuencias, sino el montaje como instrumento narrativo para la transmisión de sentimientos e ideas. Las novedades de este filme son incontables.
Eisenstein la rodó tanto en estudios como en escenarios naturales yempleó tanto a
actores profesionales como a gente de la calle, consiguiendo así un aire de documental
y anticipándose al neorrealismo italiano. Y, por supuesto, alumbró una de las escenasmás famosas de la historia del cine: ‘La escalinata de Odessa’. Aunque Eisenstein la
filmó de manera casi improvisada, es unverdadero alarde de virtuosismo. Las imágenes
son como gritos, pero aparecen orquestadas en forma de catarata de planos, que golpean al espectador como ráfagas de ametralladora en un alarde de bien calculado suspense.