Pensamos y soñamos imágenes. Somos una imagen para los otros y quizá también para nosotros mismos. Nos aferramos a las imágenes de los muertos queridos, de las ciudades desaparecidas, de los futuros deseados. Imaginamos imágenes, las atesoramos y las transmitimos de generación en generación. Quemamos e idolatramos imágenes, las veneramos o las sepultamos para cancelar lo que nombran. El amor es un ramo de imaginerías. También, y sobre todo, la nostalgia. Roland Barthes lo sabía y por eso se dedicó a pensar la imagen. Fue de su sentido obvio a su sentido obtuso, del mensaje que porta y nos atrapa y engaña a su existencia material resistente al desciframiento, de la trampa del significado al artificio del significante, de la definición a la máscara y el gesto. Pasó de la interpretación al hermetismo y de allí al fetiche y al punctum que se clava en el pecho. A la experiencia sensorial, hipnótica. Saltó de lo visual a lo táctil, a nuestro contacto con la imagen como un cuerpo a cuerpo. ¿Incluyó en ese salto al cine, ese arte de las imágenes en movimiento? Ese arte sobre el que escribió y al que opuso resistencia, entre la fascinación y el rechazo, la crítica y la rendición a la sugestión de la pantalla. ¿Permite ese salto pensar en la posibilidad de un espectador liberado, emancipado al fin de dogmas, narraciones y mandatos?
La imagen es un grifo de preguntas, como este libro. Un libro en el que Philip Watts se deja literalmente la vida y que incluye textos de Barthes sobre el cine y una entrevista a Jacques Rancière. Un viaje en el que Watts desanda el camino de Barthes y lo proyecta hasta nuestros días, para ver cuánto queda y cuánto sirve para mirar mejor, es decir, como un sujeto crítico, las películas que se empeñan en mirarnos.