MARTINEZ MONTES, LUIS FRANCISCO
Como en las matrioskas rusas, este libro surge de otro que, a su vez, fue inspirado por una obra previa. Algunos capítulos de La gran aventura de la diplomacia española estaban consagrados a los episodios diplomáticos que contribuyeron a aumentar nuestro conocimiento de las antiguas civilizaciones precolombinas, mediterráneas y medio-orientales. Varios de sus protagonistas ¿García de Silva y Figueroa, Eduardo Rivadeneyra, Juan de Dios de la Rada y Eduard Toda¿aparecieron en un segundo ensayo, publicado en 2021, titulado Diplomáticos, arqueólogos y aventureros, dedicado a rememorar sus misiones oficiales y a vindicar su lugar en el nacimiento de la arqueología como disciplina auxiliar de la historia gracias a sus expediciones, a caballo entre la diplomacia, la erudición y la pura aventura, por tierras de Egipto, Mesopotamia y Persia. Al escribir este segundo libro y, en particular, al investigar sobre la creación de algunos museos y bibliotecas españoles, y de los gabinetes de antigüedades y de «maravillas» que les precedieron, reparé en otros personajes, poco conocidos por el gran público, pero que, sin duda, merecen figurar por derecho propio en la larga lista de nombres eminentes que enriquecen nuestra historia cultural. Hernando Colón, Benito Arias Montano, el marqués del Carpio y Nicolás de Azara fueron hombres cuyas vidas públicas tuvieron relación, de una u otra forma, con el ejercicio de la diplomacia y con episodios relevantes de nuestra política exterior, aunque sus respectivas pasiones privadas fueran de lo más variopintas, cubriendo desde la botánica, la cartografía, la pintura, la escultura y la bibliofilia a la escenografía, la tipografía o el arte del grabado